11 septiembre 2007

A votar porque me importa…

Cada vez que se desea captar a los jóvenes como grupo, (en Venezuela los menores de 17 años representan casi el 40% - UNICEF, 2005), se les describe como activos, apasionados, entusiastas y emprendedores, entre muchos otros atributos. Pareciera que les abrimos las puertas del mundo y les invitamos a comérselo y a la vez les metemos en la mochila las responsabilidades de las que nosotros, como adultos, pareciéramos querer deslastrarnos.

Pero cuando no se comportan como queremos, se convierten en esos pequeños monstruos que desconocemos como parte de nuestra sociedad y los llamamos insolentes, rebeldes, fanáticos, impulsivos y, sobre todo, inmaduros.

Se nos olvida que, como personas en constante crecimiento, todos somos seres inacabados, con muchos caminos por recorrer. ¡Qué diremos de los jóvenes!

La formación que llevan consigo proviene, en su mayoría, del entorno familiar y escolar y, en el mejor de los casos, de la comunidad, siempre llevados de la mano de alguno de los anteriores.

Cada paso que dan hacia la adultez les revela situaciones a las que antes nunca se habían enfrentado por lo que, de manera natural, querrán que se les tome en cuenta para nuevas responsabilidades y, en la medida de lo posible, adelantar su participación en las decisiones del mundo adulto.

¿Que si nuestros jóvenes de 16 años pueden votar? No lo dudo. Y biológica y fisiológicamente también están preparados para otro tipo de cosas para lo que consideramos, por ahora, que deben esperar: Nadie espera que sostengan un arma, fumen, beban, procreen… pero también están preparados para hacer eso… y algunos lo hacen. Pero no es eso lo que necesitamos que hagan, por ahora. Es la precocidad conducida a nuestro antojo.

Nada puede adelantarnos las experiencias. Nadie “escarmienta en cabeza ajena” y mucho menos aprende a ser mejor ser humano así. Sicológicamente esas mentes están, y lo seguirán por mucho tiempo, en período de adaptación, desarrollo y crecimiento.

Hay muchísimas otras actividades que necesitan desarrollar nuestros jóvenes para convertirse en adultos sanos y productivos. La educación, la salud, la alimentación y la vivienda son derechos básicos, concretos, que debieran estar asegurados antes de pretender avanzar en los que convienen a unos.

Parece que olvidamos que es sólo en la quietud de algunos años vividos cuando nos damos cuenta de nuestros errores por lo que muchas veces decimos: “Si hubiera sabido entonces lo que ahora sé”. Cualquier iniciativa que pretenda adelantar acontecimientos es, a mi juicio, una valentonada basada en el “porque puedo hacerlo” y nada más.

Isabel Lessmann E.

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