07 septiembre 2007

La respuesta debe venir del amor

Los eventos que nos toca vivir en nuestra vida están determinados por elementos que dependen de nuestra decisión y conciencia y por otros que no lo son tanto, como los que suceden en la comunidad, ciudad, país o mundo en el cual nos tocó en suerte despertar, aún así, la última decisión de cómo enfrentarlos siempre nos pertenece.

Sabemos que cada uno de nosotros es el resultado de experiencias, que nos llevan, en el mejor caso, a un aprendizaje, y reconocemos, además, que dentro de nosotros están las pistas para nuestro caminar por la vida y que es cuestión de sólo detener nuestro agitado ritmo y escucharnos para actuar con conciencia. Así, cuando nuestro entorno comienza a cambiar y a parecernos árido e improductivo, siempre habrá algo que, desde los valores aprendidos en familia y en colectivo, nos ayude a entender y a actuar.

Sabemos también que el mundo es un vitral en el que cada uno de nosotros aporta la forma, el color y la textura de su pieza preferida, que la verdad es compartida y no le pertenece a uno solo y que nuestro entorno es mutable y que hay valores particulares que tienden a adaptarse para asegurar la felicidad del individuo y del colectivo. Aún así, se considera un efecto acumulativo que nos lleva a un punto más ventajoso, más adelantado, más sano para la vida en sociedad, que permite que los nuevos valores resguarden los derechos obtenidos y nos permita apuntar hacia otros más nobles y altruistas… ¿o no?

En Venezuela, a pesar de tantas encuestas históricas en las que se hablaba del facilismo de su gente, de la flojera y de la viveza, entre otros, siempre se nos reconoció la amabilidad, el optimismo, la familiaridad en el trato, el respeto al otro, la democratización de nuestras decisiones colectivas, el tesón en el trabajo para surgir como individuo dentro de una sociedad y, con esas reglas de juego fijadas por nosotros mismos cada uno, a su manera, vivía su identidad desde su realidad particular.

Pero, de pronto, todo cambió. El irrespeto, la violencia, la agresividad, la injusticia, la impunidad, la intolerancia y la protección de papá Estado se unieron a la ya existente corrupción, improvisación, facilismo y viveza para crear un nuevo, diferente y desolador paisaje.

El individualismo es el Norte en estos días en nuestro país. Y la palanca, el amiguismo, el “ponme donde jaya” llevado a su máxima expresión, se tomaron de la mano de las nuevas herramientas “civiles”: la descalificación, la argumentación fatua, las palabras vacías, la provocación, las mentiras, la amenaza y el bloqueo de oportunidades para el contendor. Se creó a un enemigo interno al cual se acude cuando el fantasma exterior no es suficiente y se acalla la disensión.

Todas las buenas intenciones, las ideas nuevas, las estructuras lógicas de convivencia, las propuestas innovadoras han pasado a un segundo plano, a uno propagandístico, a uno en el que priva a quién conoces y qué puedes ofrecerle para obtener tu tajada y ya sólo se mide el efecto de las palabras en votos contabilizados por máquinas contaminadas.

Parece que esa mariposa que batió sus alas en algún lugar del mundo miró con envidia a Venezuela y creó el mayor caos posible logrando dividir a los hermanos.

Siempre es momento para rectificar, de detenerse a pensar en las consecuencias de nuestros actos, en la tranquilidad de conciencia cuando se pone la cabeza en la almohada, en la mirada fija y confiada que nos devuelve un espejo…

Siempre es hora de fluir hacia el exterior y llenarlo de todo lo bueno que tenemos por dentro. La respuesta debe venir de nuestra naturaleza bondadosa y compasiva; la respuesta, necesariamente, debe ser constructiva, de uno en uno, de hermano a hermano, de vecino en vecino, la respuesta siempre debe venir del amor. Participa tú también en la cruzada de los valores y siempre realiza una acción de la cual puedas sentirte orgulloso al final del día.

Isabel Lessmann E.

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