22 mayo 2016

“Cuando despertó, el Ávila todavía estaba allí”

En Caracas, nuestras historias se mueven en un entorno medianamente común. Compartimos –y sufrimos- las decisiones de nuestros democráticamente elegidos gobernantes e intentamos recibir cada día como una nueva oportunidad. A ese entorno le hemos endosado un protagonismo tan exagerado –y no porque comer, estar seguro en su ciudad o decir lo que queramos, entre tantos otros derechos, no sean prerrogativas de un ciudadano común y corriente- que nos paraliza, nos desgasta y evita que veamos –y disfrutemos- del privilegios de estar vivos.

Lo interno, la esencia, mis creencias, el conjunto de valores y principios que me moldearon son mis herramientas de trabajo, mis fortalezas y a ellas acudo cuando ese entorno se muestra hostil, imposible, angustiante, enervante, irritante, incitador… (¡Y también cuando no lo es!) Porque mi vida es lo único seguro que tengo y es mi deber y responsabilidad sacar el mayor provecho de ella y disfrutarla a plenitud.

Así que:

-   Mientras pueda ver el Ávila, me conectaré con mi fuerza interior y seré fortaleza para los demás.
-   Mientras pueda ver un amanecer, activaré todas mis herramientas por mí, para mí y luego por ustedes y para ustedes.
-   Mientras me ilumine el sol, actuaré sobre mis valores y mostraré con mi ejemplo lo que es correcto.
-  Mientras tenga un espejo al frente –mis padres, mi familia, mis estudiantes, mis amigos, mis vecinos, mis compañeros- les mostraré mi mejor versión, sin ambigüedades ni dobles intenciones; somos ejemplo, lo sepamos o no.
    Y si no me gusta algo, ¡no callaré y haré algo al respecto!




    Foto: F. Lessmann 1857. El Ávila sigue allí… 




    Isabel Lessmann E.

    26 marzo 2016

    Son años - o quizá horas - desde la última vez que recorrí nuestra hermosa casa familiar en El Valle - Caracas -; y, sin embargo, siempre hay algo que me hace volver a ella, a sus espacios, a su refugio y libertad, a su calidez.

    Hoy agradezco que me llevaras tú, mi querido Pombo, con tu preciosa metáfora del árbol que, como verás, me hizo pensar en aquél que prestó sus brazos para que yo aprendiera a volar. Fortaleza, expansión, cobijo, frutos, semilla, pero, sobre todo, raíces, enriquecen este realismo mágico vallero en el que me regodeo y del que a cada instante me nutro, que genera reencuentros – a placer- con mi abuela, mi papá y mi Graciela amados y que me recuerda –como tú hoy- que podemos volar porque en tierra contamos con maravillosas, sabias y rectas personas como tú. 

    Te quiero. ¡Bendición!






    "Las sensaciones de libertad más grandes de mi niñez asociadas a los vuelos vertiginosos y relajantes del columpio del samán".
    Del libro "El Valle", 
    dedicado a mi padre 
    Federico Alberto Lessmann Vera 
    (1925-2003)




    Isabel Lessmann E.