13 marzo 2013

Cuestión de propaganda

“La iglesia se está cayendo, ya ves, sus muros rotos están…”.  He aquí parte de la letra de una canción que nos relata un episodio importante en la vocación del joven Francisco en su Asís de finales del siglo XII. Francisco tomó ese llamado al pie de la letra y arregló, con sus propias manos, la pequeña ermita de San Damián en las afueras de su ciudad. 


Era obvio, al ver a aquella iglesia en ruinas, que lo que hacía falta era arreglar su estructura, levantar sus paredes, remendar su techo… y aún así, una de las primeras lecciones que aprendería este santo trovador fue a ver más allá de lo evidente.  No era realmente eso lo que se le pedía. En pleno siglo XII, “ni el sacerdote concubinario, ni el monjeaburguesado, ni el obispo político y feudal habían desaparecido por completo” . Pero Francisco hizo lo que entendió, lo que creía correcto y, sin preguntar, sin juzgar a los demás, actuó a sabiendas de que era a Jesús, y su Evangelio, a quien quería seguir e imitar.


“Iglesia humana y divina a la vez…” continúa la canción y en pleno siglo XXI, el 265º Papa Benedicto XVI decide renunciar, aludiendo motivos de salud, para retirarse a orar por la iglesia. En su última homilía pública invitaría a rasgarse los corazones -que no las vestiduras- las cuales, además, rasgábamos por errores “cometidos por otros”. Son tiempos de acusaciones de pederastia, corrupción y lucha de poderes dentro de la misma casa del Señor. Quizá sí preguntó, quizá sí se asesoró, pero Joseph (Ratzinger) hizo lo que entendió, lo que creía correcto y, sin juzgar, actuó a sabiendas de que es Jesús quien guía el destino de su Iglesia, de su pueblo.


Más de 800 años separan esta acción y los cristianos seguimos señalando a la Iglesia como una de las instituciones que más daño le ha hecho a la humanidad. No es la primera vez (y seguro jamás la última) que la Iglesia se encuentra bajo la mirada acusadora de propios y extraños. Esta vetusta institución de más de dos mil años de existencia ha sido culpada de casi todos los crímenes y carencias de los hombres.

Y en todos estos años seguimos cometiendo el error de “cosificarla” y verla como un ente abstracto imposible de manejar y fácil de culpar. En esta institución, la corrupción, la separación del Evangelio y la soberbia de los seres humanos que la conforman en comunidad son quienes causamos, una y otra vez, su desmoronamiento. Y es a su vez la fe de quienes la sabemos creación de Dios quienes hemos hecho que, luego de más de dos mil años, siga siendo la casa de Pedro, la sede de los apóstoles esparcidos por el mundo viviendo en santidad. Y no hablo sólo de los sacerdotes, hablo de nosotros, de su pueblo.


Y, sí, en santidad. Cada día que vivimos apegados a nuestros valores y principios, cada día en el que salimos de casa luego de estar con nuestras familias para ir a trabajar, cada día en el que sale el sol y agradecemos su calor, cada día en el que abrazamos a nuestros amigos es un día santificado, entregado a la voluntad de ser felices, de ser fieles a lo que creemos, de ser santos.

Las instituciones, las oficinas, los locales y las casas están llenas de vida porque nosotros, los seres humanos, las habitamos, las vivimos, entregamos nuestras energías y anhelos para crecer dentro de ellas y ser mejores. La clave es evidente. El factor común somos los seres humanos. No valen las etiquetas. Sacerdotes, políticos, abogados, banqueros y empleados son sólo eso, etiquetas que intentan despersonalizar la identidad que subyace y aflora en cada único ser. Somos nosotros quienes determinamos el rumbo de los espacios en los que interactuamos con los demás. Somos nosotros, cada uno, los responsables de las maledicencias, corruptelas, pérdida de credibilidad, debilidad de las instituciones que creamos: Iglesia, democracia, hogar… ¡es lo mismo!

Es hacer culpable al presidente de un país por la miseria que sufre su pueblo, es hacer culpable a la pareja porque la relación no va bien, es hacer culpable al maestro porque me “raspó” la materia… somos nosotros, las Isabel, los Mathías, las María y los Federico quienes vamos por la vida señalando los errores de los demás sin pensar que una acción de nuestro lado puede poner a mover el resto de la maquinaria y crear un mundo mejor. Es el ejemplo lo que hace falta. Es la espiritualidad, como sea que cada quien decida vivirla, lo que le da alma y corazón a nuestro entorno, a nuestros espacios, a nuestras familias, a nuestra sociedad. Es la acción lo que necesitamos y la determinación, basada en nuestra formación moral, para saber qué es lo correcto. Es romper la inercia, es dar un paso hacia adelante…


En este momento, frente a la casa pasa un grupo de mujeres de la parroquia entonando “Perdona a tu pueblo, Señor…” y rompe mi concentración. Me sobrecojo ante la “causalidad” y me asomo al balcón sólo para constatar que ese “pueblo” que ora cuenta con menos de una veintena de personas. Me sonrío. “Donde haya dos o más reunidos en mi nombre…”.  


Estamos bien, sólo nos hacemos muy mala propaganda.


ARTÍCULO PUBLICADO EN GUAYOYO EN LETRAS

Isabel Lessmann E.