01 abril 2013

¿Quién tiró esa piedra?

“Hay una estrecha e indisoluble relación
entre la palabra,
el pensamiento y la acción”.


Arturo Uslar Pietri


En Venezuela, estamos de duelo nacional. Las palabras siguen espetándose al viento como si de piedras se tratasen, libertinas y en alto vuelo, a veces sin rumbo, otras dirigidas al centro de una diana definida. Estas palabras, que tienen vida propia y conocen y asumen su rol, su dirección y su fin, siempre llegan a su destino, y con toda su carga, cuando su mensaje es escuchado o leído. Muchos son los caídos.

La violencia y la agresividad son dos males de mucha data en nuestro país. Exacerbadas en los últimos tiempos, son dos residentes de la caja de Pandora que salieron a merodear juntas de la mano del “quítame esta paja” de estos días. Las susceptibilidades están a tope, las respuestas se apresuran sin siquiera conocer las preguntas y las euforias y angustias dan cuenta de la tensa situación social que marca este primer trimestre de 2013. Unos pensamos tres veces antes de hablar y escribir y otros dan rienda suelta a sus amenazas e insultos en la misma proporción. Y a los diez minutos, unos lanzamos improperios y gritos y los otros se dan golpes de pecho. ¿Quién tiró esa piedra?

Nuestro derecho a expresar lo que sentimos pasa desde el terrible tamiz de la autocensura hasta el miedo de ser atacado verbal o físicamente si lo que expreso no está dentro del lineamiento “de la mayoría”. Son tiempos difíciles marcados por la intolerancia. Pregunten a cualquiera, TODOS sentimos lo mismo.

Son muchos años ya, demasiados, de verborrea hiriente por parte de los máximos representantes de las instituciones civiles y militares más importantes del país. Llegó a convertirse en un ejemplo a seguir y el “pueblo”, liberado de convencionalismos, y sin cuestionar su moral, se lanzó a la imitación. Cuestiones del modelaje, pues, nada personal. Y es que ya no es “la pobreza de léxico, el abuso de comodines y palabrotas”  sino la falta de respeto al otro. Me sé con derecho a decir lo que siento y pienso, pero, ¡cuidado!, tú no puedes disentir de mí.

En Venezuela, seguimos de duelo nacional. El presidente constitucional del país, Hugo Chávez, falleció hace pocos días. Su familia, compañeros y seguidores lo lloran a rabiar. Se une a los más de 150 mil venezolanos, anónimos para la mayoría, fallecidos en estos recientes diez años. A todos los seres humanos nos espera ese fin; unos nos preparamos mejor, otros no tenemos tiempo o voluntad para hacerlo, otros lo negamos… Las despedidas siempre son duras, más cuando no las esperamos ni las deseamos. Paz para todos ellos.

Las palabras ayudan, consuelan, fortalecen, redimen, resuelven… Crea las palabras que te mantendrán activo, alegre, amable, sereno, compasivo, inspirado, generoso. Regala a tus familiares palabras de amor, de esperanza, tolerancia y unión. Encontrarás alivio y bienestar en ellas. Tus palabras se convertirán en intenciones y, finalmente, en acciones. Comencemos por allí.

Venezuela seguirá adelante, con sus altibajos, quien quiera sea el próximo presidente. Es la misma confianza que tengo en que despertaremos, acallaremos el entorno, volveremos la mirada para re-conocer a quienes tenemos al lado y aprenderemos a escucharnos y a escuchar a los demás. Vendrá el equilibrio. Creceremos a partir de la unión y la aceptación; imprescindible es reforzar la espiritualidad. La que nos guste, la que queramos. Nos generará bienestar.

Lo importante es no perder la perspectiva, aceptar que vivimos en sociedad, que todos tenemos derecho a opinar, a disentir, y que ese derecho no puede ser exacerbado por las emociones ni los sentimientos. Evitaremos traspasar los límites e irrespetar los espacios para imponer nuestra opinión. La solución no puede ni debe ser el silencio; la solución jamás debe ser la autocensura, la solución nunca debe ser anular nuestra conciencia y pensamientos. Cualquier cambio nace de nosotros. No saquemos conclusiones precipitadas y actuemos sobre ellas. Escuchemos a los demás, aceptémoslos. Pensemos en la reconstrucción, en el esfuerzo de cada quien, en la armonía, en la unión. “Nadie puede tirar la primera piedra”, lo pido en voz alta.


ARTÍCULO PUBLICADO EN GUAYOYO EN LETRAS

Isabel Lessmann E.


13 marzo 2013

Cuestión de propaganda

“La iglesia se está cayendo, ya ves, sus muros rotos están…”.  He aquí parte de la letra de una canción que nos relata un episodio importante en la vocación del joven Francisco en su Asís de finales del siglo XII. Francisco tomó ese llamado al pie de la letra y arregló, con sus propias manos, la pequeña ermita de San Damián en las afueras de su ciudad. 


Era obvio, al ver a aquella iglesia en ruinas, que lo que hacía falta era arreglar su estructura, levantar sus paredes, remendar su techo… y aún así, una de las primeras lecciones que aprendería este santo trovador fue a ver más allá de lo evidente.  No era realmente eso lo que se le pedía. En pleno siglo XII, “ni el sacerdote concubinario, ni el monjeaburguesado, ni el obispo político y feudal habían desaparecido por completo” . Pero Francisco hizo lo que entendió, lo que creía correcto y, sin preguntar, sin juzgar a los demás, actuó a sabiendas de que era a Jesús, y su Evangelio, a quien quería seguir e imitar.


“Iglesia humana y divina a la vez…” continúa la canción y en pleno siglo XXI, el 265º Papa Benedicto XVI decide renunciar, aludiendo motivos de salud, para retirarse a orar por la iglesia. En su última homilía pública invitaría a rasgarse los corazones -que no las vestiduras- las cuales, además, rasgábamos por errores “cometidos por otros”. Son tiempos de acusaciones de pederastia, corrupción y lucha de poderes dentro de la misma casa del Señor. Quizá sí preguntó, quizá sí se asesoró, pero Joseph (Ratzinger) hizo lo que entendió, lo que creía correcto y, sin juzgar, actuó a sabiendas de que es Jesús quien guía el destino de su Iglesia, de su pueblo.


Más de 800 años separan esta acción y los cristianos seguimos señalando a la Iglesia como una de las instituciones que más daño le ha hecho a la humanidad. No es la primera vez (y seguro jamás la última) que la Iglesia se encuentra bajo la mirada acusadora de propios y extraños. Esta vetusta institución de más de dos mil años de existencia ha sido culpada de casi todos los crímenes y carencias de los hombres.

Y en todos estos años seguimos cometiendo el error de “cosificarla” y verla como un ente abstracto imposible de manejar y fácil de culpar. En esta institución, la corrupción, la separación del Evangelio y la soberbia de los seres humanos que la conforman en comunidad son quienes causamos, una y otra vez, su desmoronamiento. Y es a su vez la fe de quienes la sabemos creación de Dios quienes hemos hecho que, luego de más de dos mil años, siga siendo la casa de Pedro, la sede de los apóstoles esparcidos por el mundo viviendo en santidad. Y no hablo sólo de los sacerdotes, hablo de nosotros, de su pueblo.


Y, sí, en santidad. Cada día que vivimos apegados a nuestros valores y principios, cada día en el que salimos de casa luego de estar con nuestras familias para ir a trabajar, cada día en el que sale el sol y agradecemos su calor, cada día en el que abrazamos a nuestros amigos es un día santificado, entregado a la voluntad de ser felices, de ser fieles a lo que creemos, de ser santos.

Las instituciones, las oficinas, los locales y las casas están llenas de vida porque nosotros, los seres humanos, las habitamos, las vivimos, entregamos nuestras energías y anhelos para crecer dentro de ellas y ser mejores. La clave es evidente. El factor común somos los seres humanos. No valen las etiquetas. Sacerdotes, políticos, abogados, banqueros y empleados son sólo eso, etiquetas que intentan despersonalizar la identidad que subyace y aflora en cada único ser. Somos nosotros quienes determinamos el rumbo de los espacios en los que interactuamos con los demás. Somos nosotros, cada uno, los responsables de las maledicencias, corruptelas, pérdida de credibilidad, debilidad de las instituciones que creamos: Iglesia, democracia, hogar… ¡es lo mismo!

Es hacer culpable al presidente de un país por la miseria que sufre su pueblo, es hacer culpable a la pareja porque la relación no va bien, es hacer culpable al maestro porque me “raspó” la materia… somos nosotros, las Isabel, los Mathías, las María y los Federico quienes vamos por la vida señalando los errores de los demás sin pensar que una acción de nuestro lado puede poner a mover el resto de la maquinaria y crear un mundo mejor. Es el ejemplo lo que hace falta. Es la espiritualidad, como sea que cada quien decida vivirla, lo que le da alma y corazón a nuestro entorno, a nuestros espacios, a nuestras familias, a nuestra sociedad. Es la acción lo que necesitamos y la determinación, basada en nuestra formación moral, para saber qué es lo correcto. Es romper la inercia, es dar un paso hacia adelante…


En este momento, frente a la casa pasa un grupo de mujeres de la parroquia entonando “Perdona a tu pueblo, Señor…” y rompe mi concentración. Me sobrecojo ante la “causalidad” y me asomo al balcón sólo para constatar que ese “pueblo” que ora cuenta con menos de una veintena de personas. Me sonrío. “Donde haya dos o más reunidos en mi nombre…”.  


Estamos bien, sólo nos hacemos muy mala propaganda.


ARTÍCULO PUBLICADO EN GUAYOYO EN LETRAS

Isabel Lessmann E.

18 febrero 2013

La naturaleza humana es bondadosa

Cinco y media de la mañana. La alarma del Ipod suena escandalizada, sin ánimos de detenerse, como queriendo despertar al vecindario. No lo encuentro. Sigue anunciando su desespero. Me uno yo; manoteo todo lo que tengo alrededor. Nada. Finalmente recuerdo que lo dejé al lado de la cama para evitar lanzarlo a la pared como una de las tantas veces…  Lo encuentro y apago el desacertado sonido de grillos que escogí hace ya algunos meses en recuerdo de este amor que viene y sale corriendo cada vez que parece que llega una conversación comprometedora. Ah, claro, y que canta maravillosamente cada vez que quiere acercarse de nuevo. Le apodaron “el grillo” cuando le vieron saltar las vallas en las carreras de obstáculos en sus años mozos… ¡Vaya manera de comenzar el día! No puedo evitar sonreír. Ya lo cambiaré otro día.

Guayoyito en mano, mi rápida revisión de comentarios en Twitter y Facebook me hace terminar de despertar, ¡ganó el Magallanes! Vaya, vaya, por eso los fuegos artificiales. La familia debe estar celebrando. Mi madre y yo somos las únicas renegadas, caraquistas por convicción, orgullosas de nuestra tradición. Leeeeeeeeeeon, leeeeeeeeeeeon. ¡Que llegue rápido la 2013-2014!

Ya frente a la computadora, desecho correo basura (mueca), leo y borro los correos de cortesía, ofertas, promociones, manifiestos…  Y me detengo en una nota sobre la reciente Cumbre de los Pueblos en Chile. Los movimientos sociales reunidos allí hicieron un llamado a los gobiernos que participan de la CELAC a retirar las tropas militares de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití. Denunciaron que en vez de promover la paz, provocaron sistemáticas violaciones a los derechos humanos de la población civil y fueron inoperantes después del terremoto del 2010. Dudo sobre las fechas y busco en Google… La misión fue establecida por la ONU el 1 de junio de 2004, luego de la salida de Bertrand Aristide al exilio en febrero de ese mismo año, “con el objetivo de asegurar un entorno seguro y saludable”. Estamos llenos de buenas intenciones. Lo sé. Estoy segura de eso. La naturaleza humana es bondadosa… ¿dónde fallamos? 

Sin atreverme a extrapolar a otros gentilicios, los venezolanos valoramos nuestras riquezas y paisajes, celebramos los logros de los venezolanos en el exterior  como si de parientes nuestros se tratase, nuestra mamá siempre es lo máximo, beber entre amigos es la expresión máxima de solidaridad y compañerismo y reírnos de nuestras desgracias se ha convertido en nuestro sello hemisférico. Ya Laureano Márquez nos hizo contar nuestras bendiciones este diciembre pasado en su refrescante artículo  “Lo bueno del venezolano”  y la Sociedad Venezolana de Psicología Positiva recientemente nos reconoció como agradecidos, amables, creativos, justos y “querendones” (nuestras cinco primeras fortalezas). ¡Tenemos pruebas de esa bondad! 


Y a pesar de esa caracterización de justos, una pasadita por el Twitter en estos días nos da muestras claras de lo lapidarios que podemos ser a la hora de defender nuestros puntos de vista. Los argumentos no existen. Con una facilidad pasmosa descalificamos a los demás, especialmente si no estamos de acuerdo con “ese otro”.  Vulgaridades recién inventadas, frases altisonantes, juicios de valor, ofensas, amenazas… Olviden las figuras retóricas, esto es una lucha “Vale todo” lingüística al desnudo.


Así,  un magallanero no es feliz si no se burla de un caraquista, aunque esté jugando contra un pajarito, y un caraquista no es feliz si no le recuerda a los navegantes los veinte campeonatos como locales.  ¡Y comenzará el contrapunteo! Y si le preguntamos a cualquiera de los dos dirá que ese “intercambio” forma parte del juego, del fanatismo, de lo “sabroso” de la pelota, nada personal… La naturaleza humana es bondadosa.


Ya casi es mediodía y estas divagaciones me han apartado de las responsabilidades del trabajo en casa. Decido agilizar el paso, la sopita tendrá que esperar. Hago un par de llamadas a los clientes, contesto correos de proveedores, termino el informe del manuscrito recién leído, escribo un par de párrafos del artículo sin acabar, recuerdo que debo asistir a una cita al día siguiente y enseguida lo anoto. Suena el celular.


“No hay quien le gane… ¡al Magallanes! ¿Cómo se siente esa ‘laraquista’? Se acabó la pava, mi amorrrrrrrr”. Sí, el grillo es magallanero. La naturaleza… 

ARTÍCULO PUBLICADO EN GUAYOYO EN LETRAS EN FEBRERO DE 2013

Isabel Lessmann E.

28 enero 2013

Tejiendo las verdades

Cuando McLuhan acuñó el término “aldea global” poco imaginaba que las comunicaciones entre sus vecinos llegarían a ser tan personales y a la vez de tan largo alcance que actualmente no sólo sabemos de informaciones provenientes de cualquier rincón del mundo en el segundo en el que ocurren sino que en ese mismo segundo el resto del mundo puede saber lo que opinamos al respecto.

Así, nos paseamos por la información de que el video del cantante surcoreano Psy y su “Gangnam Style” llegó a la cifra récord de 1.000 millones de reproducciones en Youtube, que acaban de eliminar la restricción vehicular en Caracas para carga pesada o que la Harina Pan anda esquiva estos días…  Y con la misma facilidad hablamos de eventos como la caída libre, desde la estratosfera, del austríaco Felix Baumgartner convirtiéndose en el primer humano en romper la barrera del sonido, la titánica lucha de Lincoln, el decimosexto presidente de Estados Unidos, para que aprobaran la decimotercera enmienda de la Constitución que formalmente abolió la esclavitud en ese país y de una nueva conmemoración, este 30 de enero, de la muerte de uno de los más insignes pacifistas de la humanidad, Mahatma Ghandi, como si los hubiésemos presenciado en primera fila. Son noticias, Cultura General, temas de conversación. En cualquier caso, la información está allí para ser leída, consumida, compartida, analizada… Perdón, ¿dije analizada…?

Este 1 de enero, el periodista mejicano Sergio Sarmiento publicaba su artículo El mejor año en el que decía que 2012 había sido “el mejor año en la historia del mundo”. Resulta que, además del cambio climático, la crisis económica y el desempleo, hay otros datos a considerar. ¿Sabías, por ejemplo, que la pobreza en el mundo bajó, que la esperanza de vida en África alcanzó los 55 años (cuando hace una década era de 50) y que la mayoría de los países de Latinoamérica ha tenido logros importantes en esta última década? Posiblemente no. Esas no son “noticias”, no son hechos “que vendan”, por lo que no se convierten en temas de conversación y pasan desapercibidos para la mayoría.

Esta vorágine informativa, de textos e imágenes, nos ha convertido en ávidos replicadores de datos y hechos, pero pareciera que nos ha minimizado la capacidad reflexiva… quizá porque para eso necesitamos tiempo, detenernos a pensar, a comparar, a evaluar y no siempre lo hacemos o, peor aún, porque no sabemos para qué hacerlo. La exposición, no siempre selectiva, a los mensajes, muchas veces termina convirtiéndonos en simples receptores que actúan –si lo hacen- por acto reflejo ante los estímulos. Y aún así, escasos de información, somos capaces de emitir alguna opinión, muchas veces vehemente, sobre cualquier tema que nos toquen en la oficina o reunión social.

El punto es reconocer que toda verdad tiene dos caras, ¡y a veces más! Que no todo lo que escuchamos o leemos es verdadero. Que no sólo no podemos quedarnos con una primera versión o información de algún acontecimiento, sino que hay que abandonar la zona de confort y asumir que tenemos que hacer el ejercicio de pensar por nosotros mismos, hacer uso del contexto e historia personales, formación, valores y principios, ética y moral, para construir una postura seria y consciente sobre las distintas versiones de los hechos, de manera de actuar coherentemente, respetando, además, a mi “vecino”. Es que hay que despertar a la responsabilidad que nos asiste como lectores, oyentes o “consumidores” de información. Cotejar, comparar, verificar, discutir y analizar dejó de ser responsabilidad exclusiva de quienes generan y difunden contenido y el futuro, tu futuro, el nuestro, depende de ello;  no se puede dejar para después, hay que actuar.

Deja que la información llueva sobre ti, busca a tus “vecinos”, conoce sus historias, téjelas con las tuyas, acepta sus diferencias, abre canales de comunicación, crea la convivencia posible que te hará fluir por la vida. Y, mientras tanto, jamás olvides que cada día se vive a plenitud. Que todos los acontecimientos, “buenos” y “malos” forman parte de ella y que tu bienestar depende exclusivamente de con qué decides quedarte al final del día.


Ah, por si acaso, coteja esta información, puede que no sea cierta… ;)

ARTÍCULO PUBLICADO EN GUAYOYO EN LETRAS EN ENERO DE 2013


Isabel Lessmann E.